El río Alhárabe nace a 1.440 metros de altura, en la ladera meridional de la sierra del Zacatín (Moratalla), unos cientos de metros al oeste de El Sabinar, y tras surcar algunos de los paisajes más hermosos de la comunidad murciana, vierte sus aguas a los ríos Benamor y Moratalla, cuyos caudales se incorporan al río Segura 50 kilómetros más abajo, en las inmediaciones del Santuario de la Esperanza.

Para ser más preciso, el Alhárabe, al que también se le ha nombrado río Grande por ser el más largo de Moratalla, es el resultado de varias fuentes y arroyos que brotan de la sierra del Zacatín y de la serreta de la Torre; una de ellas, la Fuente del Prado se hace visible en el lavadero público de El Sabinar, una especie de porche cubierto con tejas rojizas para preservar de la lluvia a las escasas mujeres que enjuagan la ropa en las pilas. El sobrante del agua salva la carretera de Benizar y se esparce por el prado, a veces desmandada, otras por la canaleta que bordea las relucientes tapias del cementerio, un pequeño camposanto con media docena de lustrosos cipreses. Pero el verdadero río se desliza perezoso bajo una hilera de chopos, descubre el primer puente y serpentea por los ramblizos del Campo de San Juan, buena tierra para pastos y cereal.

El Alhárabe acaba de nacer y ya sabe de choperas, puentes y cañadas, de viejos hábitos, de horizontes montuosos, de dulces prados, molinos, regatos y leyendas. Pese a que el caudal es bastante precario, ya se ha encauzado y baja hacia el Este decidido, camino de Las Juntas, donde confluyen los arroyos de Zaén y de Las Polladas. Atrás, en ambas orillas, han quedado el cortijo de Zoya, futura hospedería a la que han pintado la fachada con almagra, y el salero del Zacatín, explotación salinera que durante siglos ha abastecido al término municipal de Moratalla y a algunas poblaciones de las provincias limítrofes, como Huescar, La Puebla de don Fadrique, Santiago de la Espada, Nerpio, Yeste y Taibilla. De ella aún se surten algunos cortijos de Santiago de la Espada y de Nerpio, pero sus principales compradores son los ganaderos del Campo de San Juan, Archivel, El Sabinar y Barranda (el pastor y santero de la ermita de La Rogativa asegura que con este tipo de sal no abortan las ovejas).

El agua, fría y pura todavía, prosigue su curso entre choperas deshojadas y un rumor de esquilas que pronto se hace familiar, pues por aquí discurre el cordel de Cehegín, cañada de tránsito que enlaza el valle de San Juan y los campos de Letor y Mazuza.

Antes de brincar por las piedras del molino de Santiago, el río se acerca a un paraje entrañable, la Entrega, donde cada primavera, cuando despunta el trigo y el envés plateado de los álamos alegra el valle, se hace entrega de la virgen de la Rogativa, patrona de estos campos, cumpliendo así el rito de pasar la noche en las pedanías que jalonan el camino hasta su ermita.

Río abajo, si mira al sur, el viajero distinguirá la silueta del Peñón de los Tormos a cuyos pies nace la Fuente de los Muertos, y al norte, altivos y misteriosos, los collados de Bagil (1.300 metros), poblado megalítico asentado en un cantil que se eleva unos 70 metros sobre la cañada. En una cueva de las cercanías se descubrió en el siglo XVI el llamado barco de Bagil , representación pictórica de una carabela colombina de 1,70 metros de largo por 1,35 de alto, pintada en rojo por alguien que conocía bien sus detalles, pues la nave muestra las velas plegadas en las vergas, como si estuviera amarrada a puerto.

Desde Bagil, la vista del Campo de San Juan es memorable. A la altura de la aldea de Fotuyas, el Alhárabe se remansa en el embalse de La Risca, destinado a contención de avenidas, y a tiro de piedra aparece el molino que dio nombre a la presa, aún en activo. Desde aquí a Moratalla el río se encajona y apresura entre los hontanares de las sierras de la Muela (1.414 metros) y de los Álamos (1.479), riega la finca de la Dehesica y el cortijo del Bancal de la Carrasca, paraje de notoria belleza que suele estar habitado por un matrimonio alemán.



Desde la Risca a Moratalla, a lo largo del valle que cruza el río, apenas viven media docena de personas. Las tierras son de propiedad particular y periódicamente se llevan a cabo las cortas de madera más provechosas de la Región, especialmente en la umbría de Los Álamos, donde el pino rodeno experimenta un gran crecimiento. Hasta aquí baja la cabra montés y cruzan el cielo azul águilas reales, algún buitre, cuervos y halcones que buscan presa en las palomas torcaces y en el averío de las casas de labranza. El paisaje es espectacular. Un sendero bordea el cauce del Alhárabe que ahora brinca, alegre y confiado entre juncos, carrizos, cañaverales, aneas, tarajes y rocas calizas que se han desprendido a causa de la erosión. La sorpresa, lo inesperado, tiene lugar más abajo, en los Cenajos del Agua Cernida, un paraje umbrío y de gran amenidad, una de las joyas paisajísticas de la Región de Murcia: cuatro kilómetros de tajos o paredes negruzcas y rojizas de más de 60 metros de altura con frondosos pinos en sus estribaciones. Para verlos en todo su esplendor es preciso ir cuando ha llovido abundantemente, pues en los cenajos se forma una cortina de agua cernida que cae hasta el lecho del río, donde crece una rica vegetación de ribera. Una pista forestal serpentea frente a los acantilados, y es muy grato esperar desde esa vertiente a que escampe la niebla de las hondones y el paisaje recupere el verdor de la floresta.

Los baños de Somogil
Hace 100 años abundaba en esta serranía el pino carrasco, el rodeno y el salgareño, la encina, el roble, la sabina y el arce. También, en el tramo final del barranco de Hondares, se disfrutaba del nacimiento de aguas medicinales de Somogil, topónimo que da nombre a dos cortijadas. El dueño del molino de La Risca recuerda las casetas que se alquilaban a los bañistas, si bien una mayoría dormía en improvisadas tiendas de campaña. Los vecinos de los campos próximos tomaban el baño en las pozas naturales de las que emergía el agua termal, y en los veranos, la época más concurrida, se organizaban bailes muy animados. Los baños de Somogil, que estuvieron abiertos hasta la década de los sesenta, eran beneficiosos para el reuma, las enfermedades cutáneas y ciertos tipos de esterilidad.

Ahora, el caudal se utiliza para riego y el agua ya no emerge a borbotones de las pozas por haberse perforado un nuevo pozo (lo lamentable es que el agua termal se utilice para riego y se extraiga del acuífero mediante un motor).
A la altura de Somogil el río Alhárabe recibe por su margen derecha los aportes del arroyo de Hondares, poco antes de estrecharse en la presa de La Puerta, en cuyas inmediaciones se disfruta de una boscosa zona de acampada y de una sucesión de pozas naturales idóneas para el baño. Tras encajonarse en la presa de La Puerta, el río se abre y riega las huertas bajas de Moratalla hasta entregar su caudal al río Benamor, cerca del cortijo del Coto, en la planicie que precede a Moratalla.

(En la serranía del noroeste murciano se hallan áreas naturales de máximo interés. Aun diezmadas por los cazadores furtivos, aquí encuentran abrigo las últimas cabras montesas. En la Serrata y en el collado de Orbarroya hay extensos bosques de sabina albar con ejemplares milenarios; en las laderas de la peña de Moratalla están los mejores carrascales; pinos de Cazorla en las cumbres y en la sierra de Villafuerte abundan endemismos béticos únicos en el planeta. Rapaces, jabalíes y pequeños mamíferos viven en este paraíso castigado por los incendios, el exceso de caza y las canteras).